Primera Nota | ::..

La lucha de Rocío: ser madre ausente por buscar a su esposo secuestrado en Veracruz

La lucha de Rocío: ser madre ausente por buscar a su esposo secuestrado en Veracruz

La Silla Rota

Rocío Fernández espera a que Orlando Estrada entre a su casa y le diga “amor, aquí estoy”. En sueños el hombre del que se enamoró bailando llega a su antigua casa —de la que ella y sus hijos se tuvieron que mudar por miedo— y la saluda como si su secuestro de seis años nunca hubiera ocurrido; como si el dolor y la incertidumbre no fueran su presente.

La madre de tres hijos, que en días tristes se pregunta qué será de ellos sin su padre, espera a su esposo en una sala que no es suya, desayuna en el comedor que no le pertenece y duerme pensando en dónde estará Orlando, quien salió de casa para ayudar a un amigo y ambos terminaron siendo secuestrados.

Este martes 28 de julio se cumplen 2 mil 191 días desde que Orlando Estrada, un hombre alto, de ojos claros y enamorado de la paternidad, fue secuestrado en el puerto de Veracruz y desaparecido a pesar de que su familia vendió todo para pagar su rescate. Comedor, electrodomésticos y muebles. Se quedaron sin nada.

Fue como un deshuesamiento porque los delincuentes extirparon la tranquilidad de Rocío; sus sueños, su estabilidad económica y la sometieron a un régimen de paranoia. Su familia vive con incertidumbre y está sola. Algunos parientes, por el mismo temor, se fueron del estado.

La vida que construyeron Rocío y Orlando quedó en pausa, destruida. Ambos habían llegado a Medellín de Bravo para crecer su negocio de compra venta de autos y criar a sus hijos, que tenían 17, 14 y 4 años cuando él fue secuestrado. Rocío, una mujer de rizos apretados hasta la cintura, aprendió a sobrevivir entre el miedo y la depresión.

“Él era el que mantenía la casa, él llevaba todo, él todo. Pero al faltar él sí caí yo en depresión. Sigo, caí mucho. Y pues tenía que salir adelante por mis tres hijos, porque tengo tres y no me podía tirar a nada, al abandono”, recuerda Rocío, quien se sostiene de sus tres hijos que heredaron los rasgos del hombre guadalupano.

Rocío aprendió a trabajar, a solucionar por sí misma y emprendió la venta de comida entre semana y la preparación de frappés en la noche tras 20 años como ama de casa de tiempo completo. Con la venta de chiles rellenos, esquites y postres financian las búsquedas de su esposo y otros desaparecidos desde 2022, cuando se unió a colectivos.

Ya son seis años así desde su casa; Rocío no sueña con un restaurante ni con una cafetería, por el miedo a la extorsión o al secuestro, delito que, de enero a junio de 2026, acumuló 18 carpetas de investigación en el estado de Veracruz, según cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP).

En el mismo periodo de 2020, casi un mes antes de la desaparición de Orlando Estrada, el SESNSP registró 122 carpetas de investigación por el delito de secuestro extorsivo, lo que obligó a Rocío a buscar a su esposo en predios abandonados con restos humanos cubiertos de tierra y maleza.

Aquel martes 28 de julio de 2020, Orlando Estrada González fue secuestrado junto a cuatro personas en el puerto de Veracruz: Luis Ángel Arenas Olmos —su amigo—, Javier de Jesús González Miranda, Daniel Hernández Hernández y su pareja, la única que fue liberada.

El secuestro ocurrió luego de que Orlando recibiera la llamada de Luis Ángel pidiéndole 50 mil pesos para solucionar un choque. El hombre de entonces 42 años le dijo que no los tenía, pero que iba y lo ayudaba con los peritos. A las 8:00 de la noche, a cinco horas sin poder comunicarse con él, otro amigo llamó a la familia para decir que a Luis “lo habían agarrado”.

La madre de Orlando lo llamó hasta que este contestó y le dijo: “Sí, mamá, te voy a llevar al doctor, pero nada más dile a mi hermano que conteste, que conteste por favor”. Después, las llamadas de los secuestradores a su hermano que estaba en una fiesta, llegaron.

—”Sí, sí, sí, sí. Dales el dinero, hermano, dales el dinero”, dijo Orlando a través del teléfono.
—“Si no nos juntas el dinero, te vamos a mandar un pedazo de brazo”, amenazaron. En la llamada, los secuestradores advirtieron que no denunciaran, que “tenían gente ahí adentro” y que matarían a Orlando.

La entrega del dinero se hizo el 2 de agosto, luego de cinco de días de negociaciones en los que la familia, vendiendo todo, apenas juntó más de la mitad. En la caja de Liverpool donde días antes Orlando había guardado la muñeca de su hija menor, iba el dinero y las esperanzas de tenerlo devuelta. “Para que él vea que sí se pagó”, repite Rocío seis años después.

Los secuestradores se rieron del gesto. “¿Y no tuvieron una bolsa para entregar el dinero?”, le dijo uno al hermano de Orlando. Antes de irse, el hombre de talla alta y tez blanca que escondía su rostro detrás de un casco y lentes oscuros le aseguró que contarían el dinero y después enviarían a Orlando en taxi; pero no pasó.

Tras buscarlo en carreteras, lotes baldíos y hospitales, la familia interpuso al día siguiente la denuncia en la Unidad Especializada en Combate al Secuestro (UECS) y las irregularidades comenzaron. Ninguna cámara de seguridad servía y las investigaciones se estancaron por años. En octubre de 2020, Rocío supo que en la casa de seguridad donde permanecía Orlando también estaban Luis Ángel, Javier de Jesús, Daniel Hernández y su pareja —esta última liberada—, quienes fueron secuestrados el mismo día.

De acuerdo con el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas (RNPDNO), en México existen 134 mil 898 personas desaparecidas y no localizadas, mientras que la sociedad civil reporta más de 52 mil cuerpos no identificados en los servicios periciales. En Veracruz, la séptima entidad con más personas desaparecidas o no localizadas, hay 7 mil 271 registros.

Una mamá ausente
“No me voy de mi casa, lo hago todo aquí para no descuidar a mi familia. Cuando salgo a búsqueda mis hijos se hacen cargo de la más chiquita, de la más pequeña. También viene mi mamá a veces, pero mi mamá ya es una persona mayor”, explica.

A pesar de las amenazas, extorsiones y recomendaciones de familiares Rocío se niega a irse del municipio de Medellín. Aceptó un cambio de casa, pero no de localidad. “Nosotros no nos queremos ir de aquí porque si nos vamos de aquí ¡menos vamos a saber de él!”, dice con el corazón partido a la mitad.

En momentos de soledad, así como en los aniversarios de desaparición de Orlando Estrada, Rocío imagina si su esposo fue brutalmente golpeado, abandonado en otro lugar y desde entonces vive desorientado. “Mi sueño es encontrarlo vivo. Yo siempre he dicho que a lo mejor él está por otro lado, perdido o algo así, porque sí les hace falta a mis hijos, a todos nos hace falta”.

“Ese día es recordar todo lo que vivimos. Desde el principio, desde que salimos con él, desde que vino a dejarnos a la casa, desde que vuelve él a salir y no saber ya de él”, cuenta la mujer que habla de su esposo en presente y recuerda sus guisos, lugares y actividades favoritas para evitar que su hija menor lo olvide.

Tras la desaparición de Orlando Estrada uno de sus hijos abandonó la escuela, no trabaja y se rehúsa a tratar con psicólogos; los otros dos acuden periódicamente a evaluaciones psicológicas, estudian y ayudan a Rocío con la venta de comida. A ella, los estragos del secuestro se le reflejan en la psicosis que siente al ver que alguien más camina detrás suyo y en el miedo que siente cuando sus hijos salen de casa.

“Ay ‘ma, si ya pasó lo de mi papá, ¿qué más puede pasar con nosotros?”, le dicen cansados de su sobreprotección, como cualquier adolescente con ganas de vivir. “Tengo miedo”, admite Rocío.

“Toda la gente empieza a cuestionar que por algo se lo llevaron, no tienen empatía. La gente piensa todo lo malo y no es así”, explica la mujer que se describe como luchona, fuerte y capaz, pero que se reconoce como una madre ausente.

“No me lo llegan a decir, pero sí siento en la chiquita que ya no está su papá que su mamá también es ausente, porque pues si salgo a búsqueda los tengo que dejar. Si salgo a buscar a su papá tengo que dejarlos, y si no nadie lo hace, nadie sale a buscarlo a él”, dice con culpa.

A seis años del secuestro y la desaparición de Orlando Estrada, Rocío apenas tendrá su primera campaña para pegar fichas con la foto de su esposo que recién le entregó la Comisión Estatal de Búsqueda. Lo hará acompañada de elementos de la Secretaría de Marina, de sus hijos, y otras madres, esposas y hermanas buscadoras que recorrerán con ella las calles donde, según personas que la han querido extorsionar, han visto a su esposo.

De aquellas pegas de fichas y búsquedas independientes Rocío regresa, a veces, un poco más tranquila. Sin embargo, las noches son lo más difícil: la ansiedad y el estrés llegan, acompañados de achaques de la edad y el dolor emocional. Finalmente, sus deseos siempre quedan para después.

Related Articles

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *